Antonio Mir, arte, memoria y ánforas mediterráneas
El artista brasileño afincado en Murcia plasma en sus obras ese mar, la cultura ancestral y la fuerza vital mediante ese símbolo cerámico
Tenemos sed, bebamos. Una mano toma la estrecha base del ánfora, la otra agarra también con suma facilidad el cuello estrecho que se opone al fondo. Y si la ánfora es excesivamente grande, allí están sabiamente dispuestas dos asas; fuertes, que permiten el volteo y el transporte colectivo. No es posible verter una sola gota de vino en la copa sin la intervención del hombre, de sus manos, su fuerza, habilidad, inteligencia y necesidades.
En 1992, el brasileño Antonio Mir está instalado y pinta –como él mismo dice, con los brazos convertidos en cañerías, pero con pasión húmeda y cristalina– en Galicia, en Pobra do Caramiñal. Mir ha expuesto en el Museo Valle Inclán y participado en el Proyecto Afro-América V Centenario del Descubrimiento de América; trabaja en los murales de la sede administrativa de Conservas Escuris y tiene entre manos dos importantes proyectos: una exposición en la Casa de la Parra, en Santiago de Compostela, y la instalación en el Monte del Gozo del Báculo Homenaje al Peregrino Jacobeo –monumento, fuente y memorial–.
Hijo de emigrantes lorquinos –sus padres marcharon a Brasil en 1955– decide acercarse a Murcia y conocer a su familia; una estancia que no pensaba extender en el tiempo más de quince días y que se convirtió en permanente. En 1993, Mir está establecido en Isla Plana, Mazarrón, y ha incorporado a su obra pictórica el color, la luz levantina y algunos temas plenamente murcianos. Peces y traineras parecen surcar y navegar ahora el Mediterráneo; tomateras y cactus dominan el paisaje; contrastados verdes, rojos, azules y amarillos impregnan la paleta de colores vibrantes. Y la aparición de un nuevo motivo iconográfico: ánforas, que ya no abandonarán su pintura y adquieren protagonismo relevante. La ánfora, símbolo de recuperación de una cultura ancestral que el pintor reivindica como propia.
Las primeras ánforas fueron pintadas en 1993. Un tema que aparece en estos primeros óleos que las representan, como claramente vinculado a esas botellas con caracteres casi humanos –misteriosamente amenazantes– que abundan en los bodegones de Antonio Mir. Ánforas que se incorporaron a las obras expuestas en enero de 1994 en la Casa de la Parra –una exposición que se pintaría en Mazarrón–, y a la que se celebró en octubre de ese año en el Palacio Almudí; aunque su protagonismo se hizo patente, y serviría de excusa, para titular Mediterránea la muestra inaugurada en el Hotel Príncipe Felipe de La Manga Campo de Golf de agosto. Una foto que el pintor protagonizó en la dársena del puerto de Isla Plana, junto a una decena de cuadros de gran formato –195×130 cm–, con las ánforas como elemento compositivo principal, deja claro el interés del artista por el motivo. Parece que Antonio Mir se sintió interesado por ese resto arqueológico tras la visita al Museo de Arqueología de Cartagena.
Era, por otra parte, un tema que casaba bien con sus anteriores incursiones en la escultura, y que le serviría para indagar en las texturas y la materia; y parecían conectar su nuevo posicionamiento plástico a aquellas piezas anteriores obtenidas tras morder con ácido, de forma rotunda y expresiva, la superficie del metal.
Contaba su amigo, el crítico de arte y escritor Harry Laus, que Corneille –uno de los fundadores belgas del Grupo Cobra– le había comentado en una ocasión que mientras haya lienzos, pincel y pintura, habrá siempre una nueva manera de pintar. Lienzos, pincel y pintura, tres objetos imprescindibles en los ritmos que señalan la vida vivida por Mir, su vitalidad desbordante y, a veces, irreverente.
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Origen del Hombre I, un ánfora, una evocación simbólica del paisaje, del Mar Mediterráneo… representado por una icónica forma que se nos aparece sumergida en las profundidades marinas, semienterrada en la arena, surcada por las ondas –marcadas en relieve en la tela– de un mar agitado. Una sinfonía de azules. Una obra con la que Antonio Mir declara cuál es su código creativo: intensidad, sencillez, emoción y asombro por los hallazgos obtenidos en el camino de la creación y la pintura. La pieza se realizó en el 2000, en el estudio del pintor en Barcelona, y se expuso en la Galería Debret de París, muestra que Mir tituló Orígenes I; una forma de manifestar su pasión por el mar y la tierra levantina en la que había nacido 50 años antes.

